
Sabemos qué nos hace bien.
Mover el cuerpo. Comer mejor. Dormir más. Frenar un poco.
Y aun así… no lo sostenemos.
No es falta de información.
Es algo más profundo.
El cerebro no prioriza lo que es bueno, prioriza lo que es familiar
El cerebro está diseñado para ahorrar energía y evitar lo desconocido.
Aunque algo sea saludable, si no es familiar, genera resistencia.
Cambiar un hábito implica:
- Gastar más energía
- Tolerar incomodidad
- Salir del piloto automático
Por eso, volver a lo conocido se siente “más fácil”, aunque no sea mejor.
Identidad antes que fuerza de voluntad
No sostenemos hábitos solo por disciplina, sino por identidad.
No es lo mismo pensar “tengo que entrenar” que “soy una persona que se mueve”.
La acción sostenida nace cuando lo que hacés empieza a decir algo de quién sos.

El error más común
Querer cambiar mucho, rápido y perfecto.
El cerebro no acompaña eso. Se defiende.
Lo que sí acompaña:
- Cambios pequeños
- Repetición
- Visibilidad del progreso
- Consistencia imperfecta
