
Cuando estamos ocupados todo el tiempo, algo curioso sucede: funcionamos.
Avanzamos, resolvemos, cumplimos. Pero cuando bajamos el ritmo un fin de semana, unas vacaciones o un feriado aparece una sensación difícil de explicar. Inquietud. Ansiedad leve. Incomodidad.
No es casualidad. Es biología.
El silencio no es vacío, es amplificador
Cuando el ritmo baja, desaparecen los estímulos que mantenían a la mente entretenida. Y lo que estaba en segundo plano sube a primer plano: pensamientos, emociones, preguntas no resueltas.
El sistema nervioso simpático (modo acción) se desactiva, y el parasimpático (modo introspección) toma el control. Ahí no hay distracciones que tapen lo que sentimos.

Por qué incomoda tanto
Porque muchas veces no es el cansancio lo que evitamos, sino el encuentro con nosotros mismos.
Bajar el ritmo nos enfrenta a sensaciones que venían postergadas: tristeza, duda, miedo, vacío, deseo.
No es que descansar esté mal. Es que no estamos entrenados para habitar la pausa.
Aprender a quedarse
La incomodidad no es una señal de error. Es una señal de ajuste.
Quedarse un poco más ahí sin huir al celular, al ruido o a la agenda permite integrar, ordenar y sanar.
